La caída de la casa Wenner

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Este es un libro de encargo. Jann Wenner, creador de Rolling Stone, conoció a Joe Hagan, cronista freelancer, y hubo un flechazo: estimó que era el hombre idóneo para redactar su biografía. Aguardaba, cabe imaginar, una nueva celebración de su gran hazaña: transformar un periódico underground de la ciudad de San Francisco en un medio mainstream como lo es prensa santa cruz, capaz de influir en el devenir político de USA (en dos mil diez, una entrevista con el general Stanley McChrystal le hizo perder su puesto de comandante en jefe en Afganistán).

Y el triunfo personal. Wenner, un mal estudiante en la Universidad de Berkeley, tenía las puertas abiertas a la Casa Blanca (cuando está ocupada por demócratas) y todos y cada uno de los signos exteriores de los multimillonarios: casa en los Hamptons, esquí en Aspen, aeroplano privado, vacaciones en yate.

Joe Hagan refleja todo eso, al unísono que retrata despiadadamente el groupismo de Jann, inútil de negar nada a Bono, Springsteen y demás luminarias (hasta pueden inspeccionar sus portadas y sus entrevistas). Si bien no es muy musiquero, marcha como cuidador del canon del rock: maniobrando con el disquero Ahmet Ertegün, se apropió del Rock & Roll of Fame -una idea extraña- y utiliza ese puesto para premiar a sus preferidos y mortificar a sus oponentes.Bono, Jann Wenner, Mick Jagger y Bruce Springsteen, fotografiados por Mark Seliger en 2009.

No se molesta en esconder sus fobias. In illo tempore, Paul Simon se encaprichó de una novia y, más adelante, de su mujer. Wenner le castigó con el ninguneo, mientras que daba cancha por lo menos talentoso Art Garfunkel, una de esas particularidades editoriales que desconcertaban a los lectores. Caso singular es Mick Jagger. Desde siempre y en todo momento, Wenner ha deseado anular la amenaza de pleito que suponía bautizar su bisemanal con un nombre tan próximo al conjunto británico. En lugar de acordar, Jagger ha preferido ir extrayendo concesiones. Un ejemplo: a inicios del siglo, Wenner deseaba abrir un Rolling Stone Hotel en Las Vegas y se le ocurrió ofrecerles tocar allá una vez por año, tal y como si los Stones necesitaran bolos; taimadamente, Jagger negoció un bonito porcentaje de los futuros beneficios del establecimiento. Que, de todas maneras, jamás se llegó a edificar, víctima del crash de dos mil ocho que tantos pesares le ocasionaría al ciudadano Wenner.

¡Por determinado! Merced al acceso total facilitado por Jann, Hagan destapa un episodio de mil novecientos setenta y cinco, cuando Jagger está a puntito de fallecer por sobredosis, quebrando la cuidada imagen del vocalista como hedonista moderado, en contraste con los excesos de Keith Richards. Hagan es un cronista estricto, mas en algún instante decidió que la biografía respondería a los factores de la era del famoseo: esto es, rebosante carnaza sobre drogas, sexo y dinero. Wenner cojeaba por las 3 patas.

A lo largo de décadas, ejercitó una homosexualidad vergonzante. Salió del guardarropa en mil novecientos noventa y cinco, tras emparejarse con el modelo Matt Mye. La heroína del libro es Jane Schindelheim, esposa de Wenner: su familia aportó financiación cuando Rolling Stone boqueaba; misma impuso algo de cordura a un marido que cedía a demasiadas tentaciones.

Vean que charlamos de modos de vida. Hagan no está exageradamente interesado por la evolución estética de Rolling Stone o bien el abandono de aquellos críticos y cronistas que dieron consistencia cultural al proyecto. Para los que deseen conocer ese apartado, procuren Rolling Stone: an Uncensored History, de Robert Draper, un libro que Wenner odia.

Hagan puede argüir que no es preciso enfatizar méritos de Wenner como la apuesta por el nuevo periodismo, con singular apoyo a Tom Wolfe y Hunter S. Thompson. La novedad: el biógrafo retrata la decadencia de Wenner como empresario. En dos mil seis, el conjunto Hearst estaba presto a adquirir Rolling Stone y su rentable semanario de cotilleos, US Weekly, por unos mil cien millones de dólares estadounidenses. Inútil de abandonar a los privilegios inherentes a su situación, Wenner rechazó el trato.

Sería un fantástico ademán quijotesco si, ahora, hubiese conseguido enderezar la caída en picado de su criatura. Y no. Perdida ya su ánima, Rolling Stone renunció asimismo a su empaque: se redujo a un folleto de varios colores, con una plantilla escasa. Entrampado, los bancos demandaron que Jann prescindiese de su Gulfstream y demás caprichos nuevamente rico. Por último, US Weekly fue tragada por un incondicional de Trump; la joya de la corona se vendió por una fracción de lo que le ofrecía Hearst.

El nuevo Rolling Stone ha recu­perado el porte de los viejos tiempos. Es una gaceta mensual de nueve con noventa y nueve dólares estadounidenses (ocho con setenta y dos euros) que procura compatibilizar la hagiografía de vistosas estrellas actuales con el viejo menú de belicosa información política y reporterismo duro. El nombre de Wenner aún figura en mancheta como “fundador y directivo editorial”, mas, me temo, ya no requerirán sus candentes misivas señalando a quién votar en las elecciones presidenciales.

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