Bailar tango con el espejo

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Que el tango se bailó desde viejo entre hombres es una verdad (prácticamente) universalmente admitida y es parcialmente usual que lo bailen parejas de hermanos. Mas que 2 varones, y mellizos, lleguen a la final del Mundial de Tango que se festeja estos días en la ciudad de Buenos Aires es un evento. Nicolás y Germán Filipeli, nacidos en mil novecientos ochenta y seis en Lanús (el distrito del sur del Buenos Aires que Sergio Olguín dejó para la historia en su novela homónima), bailan y toman clases de tango desde los quince años. Comenzaron en torneos juveniles y ahora los 2 se dedican profesionalmente a danzar, cada uno de ellos de ellos con su pareja femenina (el año pasado sostuvieron un espectáculo a lo largo de un par de meses en Corea), lo que Gómez de la Serna llamó una música llena de despedidas.

La propuesta con la que compiten los hermanos Filipeli desea ser provocadora y al tiempo es meridianamente deudora de los tradicionales. Los hermanos Macana o bien José Garófalo y Carlos Stassi —de la milonga Porteño y bailarín— son 2 parejas de hombres que llevan años cambiando sobre el tema. En los Filipeli el juego de seducción entre hombre y mujer se convierte, conforme sus palabras, en “dos hombres que se retan en la danza”, usando la idea del espéculo como recurso escenográfico y aprovechando su gran similar físico. Lo único seguro es que hasta el momento absolutamente nadie había llevado este reto a la final mundial.Los hermanos Nicolás y Germán Filipeli, durante una interpretación en el Mundial de Tango en Buenos Aires.

La idea de este espectáculo “marcadamente masculinista” se les ocurrió en dos mil diez, bailando los 4 en la popular milonga Torquato Tasso de San Telmo. “Pero somos jocosos y al unísono serios”, explica Nicolás. En el Mundial pasado quedaron en tercer lugar. Para llevarle la contraria al sacrosanto Astor Piazzola —“la escuela de tango de ahora es solo una imitación nostálgica y aburrida”—, Nico y Ger, como los conoce su público, apostaron con lo que Gustavo Mozzi, una de las voces más autorizadas en el planeta del tango, llama la escena cambiante: “Me interesa que convivan bajo el paraguas del festival tradición y vanguardia. Hay mucha energía y mucha potencia en la gente que está bailando ahora”.

Reputado músico y guitarrista, Gustavo Mozzi es desde dos mil ocho directivo artístico del Festival Mundial de Tango, cuya primera edición tuvo lugar en dos mil tres. Persuadido de que lo más esencial es “conectar las nuevas visiones actuales del tango con los tradicionales, con aquellos grandes nombres que le dieron fama mundial”, mantiene que el caso de los hermanos Filipeli es único “también por su muy, muy alto nivel. Tienen una técnica depuradísima y logran trasmitir emoción: eso es lo más importante”. Mozzi los ubica en el marco de un fenómeno generacional, entendible pues “realmente vivimos una década dorada del tango”. Cuando la Unesco declaró el tango Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en dos mil nueve, se trataba de conservar “no una imagen fija o bien una esencia, imposible de fijar, sino más bien un espíritu, una forma de comprender la vida a través del baile”. Con esa pretensión Mozzi creó la sección Tradicionales del futuro, que ha resultado ser la revelación del certamen y donde se dan a conocer “verdaderos talentos de veinte años y menos”, explica a pocas horas del cierre del Mundial que a lo largo de una semana se ha festejado en La Usina del Arte, una vieja factoría de electricidad al lado del distrito de La Boca, dirigida asimismo por Mozzi.

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